Para muchos, saborear las mieles del éxito es la meta anhelada pero en ocasiones ésta tiene un sabor agridulce. Darren Aronofsky tiene cierta debilidad por lo macabro, en toda su filmografía ha demostrado ser un cineasta fascinado por los conflictos psicológicos, sus personajes siempre van a la deriva y terminan siendo devorados por sus propias obsesiones. En su primera película Pi: fe en el caos (1998), el personaje principal era un matemático obsesionado por descifrar los secretos del número pi. En la brillante Réquiem por un sueño (2000) nos muestra el descenso a los infiernos de sus protagonistas que se van consumiendo poco a poco debido a su particular obsesión, la adicción a las drogas. En La fuente de la vida (2006), vemos a un hombre que vive obsesionado por curar la enfermedad de su mujer y salvarla de la muerte. Los errores del pasado corroen la mente del protagonista de El Luchador (2008), que añora su época de gloria.
En Cisne Negro, su última película, expone las nefastas consecuencias de una obsesión enfermiza por la perfección. En esta ocasión la acción se traslada al mundo del ballet y su ‘víctima‘ es Nina Sayers, (interpretada por una sublime Natalie Portman, ganadora del Oscar a mejor actriz) una bailarina del Ballet de Nueva York.
La vida de Nina gira completamente entorno a la danza, su entrega y su esfuerzo le han llevado a ser técnicamente perfecta, espera ansiosa el momento de su consagración pero vive demasiado encerrada en un autocontrol y una disciplina potenciada por la figura de una madre sobreprotectora (Bárbara Hershey).
La nueva temporada se abre con el clásico entre los clásicos El Lago de los Cisnes, pero en esta ocasión el director del Ballet, Thomas Leroy, (Vincent Cassel) ha decidido ofrecer una versión renovada y modernizada de la obra, donde el cisne negro y el cisne blanco es interpretado por una sóla bailarina para destacar mejor la ambigüedad del personaje.
Leroy piensa que la ingenuidad y la dulzura de Nina son perfectas para el etéreo cisne blanco, pero que sin embargo le falta emoción y fuego interno para interpretar al cisne negro. Convierte a Nina en la prima ballerina y cabeza de cartel pero a partir de ese momento empieza a ejercer sobre ella una continua presión para que se libere de su rigidez, para que baile con mayor pasión, ‘pierda el control‘ y llegue a disfrutar de la oscuridad del cisne negro.
Nina tiene el papel, pero no logra alcanzar la perfección. Su excesivo autocontrol domina sus emociones y le impide dejarse llevar de una manera natural. Nina empieza a caer en la desesperación, envolviéndola una angustia que se acentúa con la llegada de una nueva y carismática bailarina al grupo, Lily (Mila Kunis), quien no es tan perfecta como Nina pero desprende fuerza y sensualidad, todo lo que ella no logra encontrar. El lado oscuro del cisne negro empieza a apodarse de ella.
Aronofsky, un virtuoso de la cámara subjetiva, entra en la cabeza de su personaje y nos hace partícipe del infierno de su protagonista, de sus delirios y alucinaciones. Actuando de director de orquesta crea una atmósfera angustiosa y asfixiante. La cámara nunca se aparta del personaje de Nina, se encuentra adherida a ella, siguiéndola, acechándola, incentivando así su paranoia.
Es muy simbólico también el continúo juego que hace el director con los espejos, son los primeros en transmitirnos el trastorno de su identidad. Su imagen se desdobla, su reflejo asume un comportamiento independiente, su locura empieza a contaminar cada vez más a la protagonista.
La metamorfosis ha comenzado. El cisne negro representa lo perverso, lo sexual, lo negativo y destructivo. Ella se hace daño, se autodestruye, se rasca, se magulla, se desgarra la piel. Aronofsky nos muestra a Nina y a su alter ego a través de un sinfín de paralelismos y dualidades que se complementan: el blanco y el negro, la dulzura y la pasión, el bien y el mal.
Cisne negro es un hermoso cuento de terror, hermoso porque las imágenes del ballet, sus elegantes movimientos y la bella partitura de Tchaikovsky nos envuelven en todo momento. Terrorífico porque nos hace vivir en primera persona la agonía y el sufrimiento de una mente enferma y su posterior caída al abismo. El final apoteósico de un espíritu atormentado.
A continuación…







